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El laico palpa desde dentro las preocupaciones del mundo porque está en medio de ellas. En el corazón del mundo vive la tensión de no separarse y de mirar más allá para llevarlo a plenitud.
Sólo
el laico asume el |
En
el corazón del mundo
Pero ahora quisiera hablar más bien del papel del laico en el mundo, de la fe vivida en medio de la calle, la gente..., sin apenas señales externas. Se da entonces una de las motivaciones más significativas del laico: la tensión por mostrar en medio de una comunidad que está atenta a muchos otros lenguajes, la experiencia de un Dios que es Padre de todos. Pues en los avatares y compromisos del mundo la vivencia religiosa del laico apunta a ese Dios-que-viene (Lévinas) y está entre nosotros. Estos avatares nos sitúan en la presencia de un Dios que se duele con nuestros pesares y que carga con nuestros compromisos. Que acoge y cuida cada uno de nuestros cabellos, le interesa el vestido y la comida de todos... y construye, al mismo tiempo, un Reino de justicia y esperanza eterna, más plena y más completa. Por supuesto,
que no es nuestro deseo decir que no existan pesares ni compromisos en
los claustros o conventos, pero sí deseamos poner de manifiesto
que el laico palpa desde dentro las preocupaciones ajenas porque está-en-medio
de ellas, sometido a las mismas preocupaciones y perplejidades. Esta es
una manera de estar-en-el-mundo que exige y se abre a un clara aspiración
a Dios. Pues si la vida religiosa es signo y testimonio de otra vida hacia la cual apunta, el laico cuenta con las mismas monedas de cambio que sus prójimos para, no obstante, decir con lo mismo algo diferente. Esta vida religada con Dios que se encarna en el mundo. Encarnar a Dios es lo propio de todo aquel que le sigue, religioso o laico. Sólo que el laico asume el secularismo, lo propio del siglo y se debate con él. En el zambullirse de estas cuestiones rinde cuenta a un único amo en medio de un negocio que sólo el amor, y ningún rito externo, reconoce. Se hizo amigo de la viuda del pobre, del enfermo..., y en medio de ellos quiso transmitir la luz, el calor de un hogar celestial que le encendía por dentro. Y sabía que siendo uno más de entre todos llegaría a todos. También a los alejados, a los que aún no habían oído Palabra de Vida, a los que no se sentaban en los lugares sagrados y no comprendían ni sus lenguajes, ni sus gestos. Pero, seguro que podrían reconocer desde sí mismos, ese otro espacio al que se les invitaba. Estar en el mundo y no ser de este mundo... es, de nuevo, la tensión de lo que se es y lo que se desea, lo que se carece y la abundancia de lo que se promete sabiendo que sufrir como propio lo ajeno, caminar por donde los otros pasan es una bella manera de sentir, padecer y reconocer que Jesús vivió y se sometió, de verdad, sin ficción alguna a la alegría y al dolor nuestros. |
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| * Juana Sanzhez-Grey es profesora titular de Filosofía en la UNiversidad Autónoma de Madrid | ||