SUMARIO:
En el corazón del mundo / Juana Sánchez-Grey
Ser laico siendo pareja / Mercedes Lozano
¿Una teología espiritual y laical? / Raúl Berzosa
La alternativa al laicado / Marciano Vidal
¿Secular y Testigo de Dios? / José Cristo Rey García Paredes
¿Misión posible? / Marcel Lègaut
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La vida de pareja da a la vida laical una misión exclusiva en la iglesia. Los laicos son dueños del afecto, la ternura, la vida..., lenguajes menos clericales y lejos de las grandes palabras abstractas.

Ser laico siendo pareja
Mercedes Lozano *


Me hubiera sido más fácil decir, “ser laico es ser mujer”. Con ese enunciado podía haberme explayado a gusto y es lógico comprender que tenía motivos. Creo que las mujeres merecemos ese desquite por todo lo que se nos ha marginado y silenciado en el ámbito de lo público y por ende en el ámbito público de la Iglesia. Pero no quiero caer en el exclusivismo en el que durante tanto tiempo han caído los hombres. Nosotras no vamos a hacer lo mismo, porque no es justo ni bueno, ni tampoco es verdad.

Estoy convencida de que ser laico hoy es ser pareja. Siempre lo ha sido en teoría, pero hoy finalmente podemos decirlo y reivindicarlo en la práctica. Esa experiencia de pareja con una responsabilidad en la Iglesia es la que he tenido gracias a los Equipos de Nuestra Señora y a todo lo que en ellos he aprendido sobre espiritualidad conyugal y sobre trabajo compartido entre los dos.

“Ser laico es ser pareja” porque sólo en la interrelación de lo masculino y lo femenino se da la plenitud. La frase suena bien y casi nadie se atrevería a decir hoy que no está de acuerdo. Ese es el proyecto que Dios tiene para la vida de la mayoría de los hombres y las mujeres sobre la tierra. Otra cosa es intentar vivir ese proyecto en el día a día. No hay nada más difícil, ni reto más apasionante que convertirse en pareja. Se trata del mismo dinamismo que conduce al artista a apostar su inspiración y su voluntad al área de construcción de una obra de arte. Se pone en juego toda la persona; emoción, intuición, inteligencia, esfuerzo..., en un empeño en el que no se puede uno despistar porque esa construcción no acaba nunca.

No defiendo la antigua idea de que hombres y mujeres somos medias partes que sólo formarían un todo completo de estar unidos. Hombres y mujeres somos completos en nosotros mismos, pero no podemos vivir de una manera fecunda, equilibrada, justa, si cada yo no entra en relación con el otro yo en la humanidad común. Con esa relación recíproca se construye el mundo. Y todo se resiente si esa relación no se da.

Tener una misión no sólo es hacer sino sobre todo ser

Nos dice el Concilio Vaticano II que los laicos estamos llamados a una misión específica en la Iglesia; la de cambiar las estructuras del mundo según el Evangelio. Eso siempre se ha interpretado en clave de acción, quizá porque siempre lo han interpretado los hombres. Pero tener una misión no sólo es hacer sino sobre todo ser. El que es, de su plenitud desborda. Si no se es nada, lo que se haga adolecerá de esa falta de esencia, no tendrá peso, no calará en el corazón de los demás ni fecundará la vida.

La primera misión de una pareja en la Iglesia y en el mundo no es tanto el tener muchos compromisos, sino el ser cada vez más pareja, el testimoniar a través de una vida parecida a la de los demás y sin embargo diferente, que es posible hoy permanecer en el amor, que el amor no es solo sentimiento sino una adhesión de la voluntad profunda de una persona a otra persona, que las inevitables crisis conyugales además de dolor aportan crecimiento, que a menudo el amor pasa por una noche oscura antes de acceder a una unión más profunda, que ese amor humano frágil, vulnerable e imperfecto es sin embargo una parábola de amor de Dios, que Él nos ayuda a restañar las heridas y las cicatrices que ha ido dejando en nosotros el embite del tiempo y, sobre todo, que es importante llegar a comprender que ningún amor humano es capaz de llenar ese deseo de “más” que todos llevamos dentro...

Puede que mucho de la falta de fecundidad espiritual que padece la Iglesia provenga en gran medida de la secular marginación de las mujeres

Los sacerdotes siempre nos exhortan a los matrimonios en la misma línea; las palabras fidelidad y sobre todo fecundidad siempre aparecen en todas las homilías y sermones, como si fueran patrimonio exclusivo de los casados.

La llamada a la fidelidad y a la fecundidad es para todos. Puede que mucho de la falta de fecundidad espiritual que padece la Iglesia y, que actualmente se intenta remediar con lo que se ha dado en llamar “nueva evangelización”, provenga en gran medida de la secular marginación que en la Iglesia han padecido las mujeres. ¡Qué poco ha contado su visión más realista de la vida, su manera más global y espontánea de abordar los problemas, su lenguaje más apasionado y subjetivo, su enfoque casi siempre más misericordioso y la importancia que la mujer da al misterio por encima de la verdad! De ese desequilibrio se ha resentido la teología, la exégesis de la palabra de Dios y hasta la manera de conducir la Iglesia.

Aunque los sacerdotes y religiosos no estén casados, también a ellos Dios les pide cultivar un corazón de pareja, un corazón que sepa escuchar y dialogar con la mujer, que la valore sin miedo y sin prejuicio, y que la deje expresarse en las instancias y en los ámbitos en los que se reflexiona y se deciden las cosas. Quizá la mujer no quiera tanto reivindicar el sacerdocio como el tener, también y al mismo nivel que los hombres, una voz en la Iglesia.

¿Qué otras actitudes propias de este ser pareja podría la Iglesia incorporar a su vida profunda? Se me ocurren muchas, pero me voy a ceñir a dos: la ternura y la afectividad.

La ternura es un fijarse en el otro con una sonrisa comprensiva, es un aprehenderlo y un comprenderlo, un singularizarlo con sus manías y sus gustos, un hacerle sentir que nos importa no sólo globalmente sino en aquellos pequeños detalles que le convierten en la persona que es, es también un aceptar vivencialmente que el amor no sólo consiste en dar sino también en recibir porque todos nos necesitamos. En la Iglesia rara vez se da eso, siempre tan preocupados con las grandes palabras, amor, solidaridad, abnegación pocas veces las concretamos con gracia, con humor, en ese encuentro singular y cómplice con el otro que desencadena lo que hoy se da en llamar una “química” de la relación interpersonal.

En la Iglesia debemos cultivar más la expresión del afecto

En cuanto a la afectividad, en la Iglesia siempre está bajo sospecha, y sin embargo cuántos puentes tiende una palabra valorada, la caricia de una sonrisa, una mirada que se detiene en la mirada del otro, una mano en el hombro. No, la comunicación no son sólo las palabras. Nos comunicamos con todo nuestro cuerpo. Y no siempre el juego afilado de la discusión o el rigor del razonamiento es lo más importante. Podemos no estar de acuerdo, pero las personas no somos solo las ideas que tenemos, sino también los sentimientos, los recuerdos, los sueños, los miedos, las esperanzas. En la Iglesia debemos cultivar más ese afecto que se expresa sobre todo por la actitud del cuerpo que sale de sí mismo para el encuentro con los demás. Yo siempre digo que la primera misión de un cristiano es ser simpático y afectuoso.
Y finalmente, ¿por qué la Iglesia cuando trata el tema del amor conyugal en vez de obsesionarse tanto con todo lo relativo a la moral sexual y métodos anticonceptivos no se centra más en proponer, en sugerir, en descubrir toda la sencilla pedagogía que potencia el amor, que lo construye, que lo cura?

¿Qué les pedirían los matrimonios a los curas? En primer lugar que nos animen y no nos riñan Una vez me preguntaron unos seminaristas: “¿Qué les pedirían los matrimonios a los curas?” Recuerdo que les respondí: “En primer lugar, que nos animen y no nos riñan, la vida ya es suficientemente dura de por sí. En segundo lugar, que no nos digan “vosotros limitaros a aportar vuestra experiencia y nosotros reflexionaremos sobre ella”, como si los laicos sólo fuéramos capaces de vivir y no de pensar sobre lo que vivimos a la luz de nuestra fe. Precisamente las parejas podemos comunicar mejor esa pedagogía del amor que vamos descubriendo en nuestra vida. Lo podemos hacer con mayor realismo, con mayor compresión y con otro lenguaje menos clerical y más cercano, con las imágenes y el tono de una estética diferente, lo que yo llamaría una estética laica que consiga entroncar y expresar lo sagrado de otra manera. Quizá esté haciendo falta.

* Mercedes Lozano es madre de familia, abuela y además Filóloga y colabora habitual de Misión Abierta