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Son
los laicos quienes aportan a la comunidad cristiana un estilo de vida
con futuro. |
La
alternativa ética del laicado Estoy convencido de que el laicado ha de tener un papel decisivo en la forma de entender y de vivir la ética cristiana en el próximo futuro. Muchos de los rasgos con los que he descrito (o ¿soñado?) la Moral del futuro (1999, editorial Verbo Divino) únicamente se harán presentes con la actuación adulta y decidida de los laicos. Pero no quiero referirme aquí a esa presencia del laicado en el campo de la reflexión de la ética teológica. Mi interés se centra en proponer algunos valores y actitudes que, a mi juicio, constituyen una alternativa ética que ha de ser vivida y encauzada por los laicos dentro de la comunidad cristiana del futuro. En los últimos años se viene hablando de la ética como un estilo de vida. Se vuelve así al significado original que encerraba la palabra griega êthos, la cual sugiere la imagen de morada, lugar donde se habita. El pensamiento moderno, sobre todo la reflexión de M. Heidegger, ha dado importancia al significado de êthos como estilo humano de morar y de habitar. ¿En qué morada ética ha de habitar un laico cristiano del futuro? Es evidente que, en bastantes ocasiones, las formulaciones que tenemos de la moral cristiana resultan inhabitables para la mente libre y para el corazón sincero de muchos laicos. Es preciso reconocer que no siempre el catolicismo ha sabido ser un lugar acogedor y liberador para la ética. No hacen falta minuciosos análisis para constatar esos límites y fallos. La cercanía con la gente sencilla nos hace ver, con bastante frecuencia, las secuelas que ha dejado una incorrecta presentación de la moral cristiana: sobredosis de miedo y angustia ante castigos divinos, sobrecarga de preceptos y normas, deformación de la imagen de Dios Padre misericordioso. Urge la necesidad de volver a escuchar el mensaje liberador del Evangelio: venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 28-30). A la luz de este texto el cristianismo se convierte, entre otras cosas, en un lugar habitable para la ética. La vida de los laicos será una hermenéutica narrativa de la propuesta ética evangélica. Señalo tres tareas a la ética del laicado: Recuperar la frescura evangélica La necesaria e inevitable ascensión del laicado al nivel de la plena consciencia y del libre ejercicio dentro de la vida eclesial traerá consigo la liberación de los viejos miedos de raíz moral y la propuesta de una alternativa ética de carácter más evangélico. Los laicos ayudarán a recuperar la frescura evangélica de la moral cristiana. Pienso, de modo especial, en tres tonalidades que desearía para la moral de los católicos del futuro:
Colaborar activa y responsablemente en el discernimiento ético cristiano. La sociedad actual es una sociedad compleja. La sociedad del futuro lo será todavía más. Las cuestiones morales serán también complejas. Ahora bien, a cuestiones complejas no se puede contestar ni con mediocridad ni con dogmatismos autoritarios; cuestiones complejas exigen respuestas complejas. Los grandes interrogantes de la conciencia moral cristiana precisan ser discutidos con la participación más amplia posible de todo el pueblo de Dios. Los obispos norteamericanos han ensayado una metodología que ojalá se extendiera a otras comunidades eclesiales: encomendar a especialistas el estudio y la propuesta de los planteamientos, someter éstos a la reflexión de la comunidad cristiana, proceder a través de la redacción de borradores y proyectos sucesivos, hasta alcanzar el grado suficiente de asentimiento garantizado además por la intervención expresa y cualificada de los responsables del Magisterio último de la iglesia. Una de las aportaciones de la doctrina social de la iglesia a la reflexión sobre la organización de la sociedad ha sido el principio de la subsidiariedad: lo que pueden hacer los grupos menores no ha de ser asumido por autoridades superiores. Ese principio ha de ser aplicado también a la vida eclesial. El Magisterio último no ha de intervenir más que cuando hayan sido agotadas las posibilidades de los grupos eclesiales intermedios. Esto mismo vale para la reflexión teológico-moral: ha de ser una búsqueda compartida por todo el pueblo de Dios. En el futuro será imprescindible la participación activa y responsable de los laicos en el discernimiento de los grandes interrogantes éticos de la conciencia moral cristiana. Esa presencia del laicado hará que la propuesta moral cristiana sea:
La presencia activa y responsable de los laicos en el discernimiento ético hará que éste tenga las cualidades exigidas por la tradición bíblica (cf. Rom 12, 1-2) y por la reflexión teológica actual. Hace años que O. Cullmann constató que el verbo discernir es la palabra clave de la moral neotestamentaria. En efecto, no es la razón abstracta, que suele proceder mediante principios generales y universales, sino el discernimiento de la situación histórica (signos de los tiempos: Gaudium et Spes, 4) la facultad decisiva en la búsqueda de la verdad moral para el cristiano. Crear nuevos hábitos del corazón He señalado que la ética se comprende hoy como un estilo de vida. Ahora bien, son los hábitos del corazón los que dan origen a estilos de vida alternativos. Creo en la bondad del corazón de la gente sencilla como fuente de esperanza ética para el futuro de la humanidad. Pienso que el laicado es quien vehicula, de modo especial, los hábitos del corazón de la gente sencilla que constituyen el núcleo moral insobornable sobre el que se construye la bondad de las personas y de las sociedades. Esos hábitos de bondad están expresados, de forma inigualable, en las bienaventuranzas evangélicas (Mt 5, 3-10): la bondad de los pobres, de los afligidos, de los desposeídos, de los que sufren la injusticia, de los misericordiosos, de los limpios de corazón, de los hacedores de paz, de los perseguidos. No conviene olvidar que la moral cristiana no es otra cosa que el desarrollo y la realización de las bienaventuranzas (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1716-1724). En otro
lugar he concretado los nuevos hábitos del corazón
en las tres sensibilidades éticas siguientes (Concilium, n. 283
[1999] 131-140): Creo que esas sensibilidades constituyen el núcleo básico de la ética del laicado. Son los laicos quienes han de aportar a toda la comunidad cristiana un êthos o estilo de vida nuevo, recuperando las intuiciones evangélicas más genuinas. Jesús, en su praxis y en su mensaje, ofrece un estilo de vida alternativo al vigente, para su época y para la nuestra; Jesús subvierte los códigos vigentes y propone otros alternativos de carácter liberador. Según la reciente hermenéutica de la antropología cultural, en el mensaje de los estratos más antiguos de los relatos evangélicos existe la propuesta de un Jesús contracultural (de ahí su cercanía con la imagen del filósofo cínico) que contesta los valores predominantes y justificadores de la antropología social del área cultural mediterránea en el siglo I. Así, pues, la ética del laicado es no sólo una tarea sino ante todo un don para el conjunto de la comunidad cristiana. A todos nos incumbe y a todos nos beneficiará el nuevo êthos de los laicos: un estilo de vida alternativo que recupere la frescura evangélica, que aporte la perspectiva secular al discernimiento moral y que propicie la creación de nuevos hábitos del corazón que encaucen la bondad moral del pueblo de Dios. Ésta es la revelación que precisamos hoy: te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque ocultaste estas cosas a los entendidos y se las revelaste a la gente sencilla (Mt 11, 23). |
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| * Marciano Vidal es profesor del Instituto Superior de Ciencias Morales de Madrid | ||