SUMARIO:
En el corazón del mundo / Juana Sánchez-Grey
Ser laico siendo pareja / Mercedes Lozano
¿Una teología espiritual y laical? / Raúl Berzosa
La alternativa al laicado / Marciano Vidal
¿Secular y Testigo de Dios? / José Cristo Rey García Paredes
¿Misión posible? / Marcel Lègaut
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Son los laicos quienes aportan a la comunidad cristiana un estilo de vida con futuro.
Es decisiva su participación en la presentación de la ética cristiana.
La visión laica de la ética es un don, un modelo de habitar la ética evangélica

La alternativa ética del laicado
Marciano Vidal *


Estoy convencido de que el laicado ha de tener un papel decisivo en la forma de entender y de vivir la ética cristiana en el próximo futuro. Muchos de los rasgos con los que he descrito (o ¿soñado?) la Moral del futuro (1999, editorial Verbo Divino) únicamente se harán presentes con la actuación adulta y decidida de los laicos. Pero no quiero referirme aquí a esa presencia del laicado en el campo de la reflexión de la ética teológica. Mi interés se centra en proponer algunos valores y actitudes que, a mi juicio, constituyen una alternativa ética que ha de ser vivida y encauzada por los laicos dentro de la comunidad cristiana del futuro.

En los últimos años se viene hablando de la ética como un “estilo de vida”. Se vuelve así al significado original que encerraba la palabra griega êthos, la cual sugiere la imagen de “morada”, “lugar donde se habita”. El pensamiento moderno, sobre todo la reflexión de M. Heidegger, ha dado importancia al significado de êthos como “estilo humano de morar y de habitar”.

¿En qué “morada” ética ha de habitar un laico cristiano del futuro? Es evidente que, en bastantes ocasiones, las formulaciones que tenemos de la moral cristiana resultan “inhabitables” para la mente libre y para el corazón sincero de muchos laicos. Es preciso reconocer que no siempre el catolicismo ha sabido ser un lugar acogedor y liberador para la ética. No hacen falta minuciosos análisis para constatar esos límites y fallos. La cercanía con la gente sencilla nos hace ver, con bastante frecuencia, las secuelas que ha dejado una incorrecta presentación de la moral cristiana: sobredosis de miedo y angustia ante castigos divinos, sobrecarga de preceptos y normas, deformación de la imagen de Dios Padre misericordioso.

Urge la necesidad de volver a escuchar el mensaje liberador del Evangelio: “venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30). A la luz de este texto el cristianismo se convierte, entre otras cosas, en un lugar habitable para la ética. La vida de los laicos será una hermenéutica narrativa de la propuesta ética evangélica. Señalo tres tareas a la ética del laicado:

Recuperar la “frescura evangélica”

La necesaria e inevitable ascensión del laicado al nivel de la plena “consciencia” y del libre ejercicio dentro de la vida eclesial traerá consigo la liberación de los viejos miedos de raíz moral y la propuesta de una alternativa ética de carácter más evangélico. Los laicos ayudarán a recuperar la frescura evangélica de la moral cristiana. Pienso, de modo especial, en tres tonalidades que desearía para la moral de los católicos del futuro:

  • Respuesta gozosa: entender la vida moral como “respuesta” a alguien que te ama y a quien amas. La categoría del “gozo” ha de suplir a las categorías de la obligación, del precepto, de la ley.
  • Libertad en el amor: realizar la exigencia moral como un camino de “libertad”, una libertad que se enraíza en el amor y que culmina en obras de caridad. Las categorías morales de la carta a los Romanos y de la carta a los Gálatas se mueven dentro de esta tesitura de la libertad en el amor.
  • Sencillez y simplicidad de la caridad: la vida moral cristiana tiene que vencer la tentación de la “acumulación normativa” y buscar la simplicidad de la caridad. No son las muchas normas el índice de elevación moral cristiana, sino el fervor de la caridad.

Colaborar activa y responsablemente en el discernimiento ético cristiano.

La sociedad actual es una “sociedad compleja”. La sociedad del futuro lo será todavía más. Las cuestiones morales serán también complejas. Ahora bien, a cuestiones complejas no se puede contestar ni con mediocridad ni con dogmatismos autoritarios; cuestiones complejas exigen respuestas complejas.

Los grandes interrogantes de la conciencia moral cristiana precisan ser discutidos con la participación más amplia posible de todo el pueblo de Dios. Los obispos norteamericanos han ensayado una metodología que ojalá se extendiera a otras comunidades eclesiales: encomendar a “especialistas” el estudio y la propuesta de los planteamientos, someter éstos a la reflexión de la comunidad cristiana, proceder a través de la redacción de borradores y proyectos sucesivos, hasta alcanzar el grado suficiente de asentimiento garantizado además por la intervención expresa y cualificada de los responsables del Magisterio último de la iglesia.

Una de las aportaciones de la doctrina social de la iglesia a la reflexión sobre la organización de la sociedad ha sido el principio de la “subsidiariedad”: lo que pueden hacer los grupos menores no ha de ser asumido por autoridades superiores. Ese principio ha de ser aplicado también a la vida eclesial. El Magisterio último no ha de intervenir más que cuando hayan sido agotadas las posibilidades de los grupos eclesiales intermedios. Esto mismo vale para la reflexión teológico-moral: ha de ser una búsqueda compartida por todo el pueblo de Dios.

En el futuro será imprescindible la participación activa y responsable de los laicos en el discernimiento de los grandes interrogantes éticos de la conciencia moral cristiana. Esa presencia del laicado hará que la propuesta moral cristiana sea:

  • Especializada: es decir, con el equipamiento metodológico y temático que requieren los problemas morales; solamente así las propuestas morales de la Iglesia podrán “ser escuchadas” –y ojalá seguidas– por la cultura, cada vez más especializada, del futuro.
  • Pluralista: es muy difícil dar una única solución a los interrogantes morales, sobre todo en sus concreciones últimas, en las que la razón y la sabiduría humanas han de intervenir de una forma decisiva.
  • Diversificada culturalmente: la moral del futuro ha de corresponder a una teología que se anuncia como “policéntrica”. La “catolicidad” de la moral de la Iglesia ganará si la reflexión teológico-moral sabe responder de forma correcta al reto de la “inculturación”.
  • En camino: las cuestiones complejas es imposible someterlas a un “cierre (lock-in) teológico”. Pocos problemas de moral están definitivamente cerrados. La búsqueda permanente, la provisionalidad creativa y la paciencia histórica serán cualidades de la reflexión teológico-moral y de los moralistas del futuro.
  • Ecuménica: la moral del futuro será más ecuménica que la del presente. Pienso en diversos círculos concéntricos de ecumenismo moral: el ecumenismo de la “razón ética” compartida por todos y que conforma el êthos de la sociedad internacional mediante una “ética civil planetaria”; el ecumenismo ético de las religiones, como ha sido propuesto y apoyado por H. Küng y otros; el ecumenismo cristiano, en el que las perspectivas peculiares de cada confesión no conduzcan a la “exclusión”, sino a la “inclusión” y a descubrir mejor la riqueza inconmensurable del sentido que ofrece la fe cristiana.

La presencia activa y responsable de los laicos en el discernimiento ético hará que éste tenga las cualidades exigidas por la tradición bíblica (cf. Rom 12, 1-2) y por la reflexión teológica actual. Hace años que O. Cullmann constató que el verbo “discernir” es la palabra clave de la moral neotestamentaria. En efecto, no es la razón abstracta, que suele proceder mediante principios generales y universales, sino el “discernimiento” de la situación histórica (“signos de los tiempos”: Gaudium et Spes, 4) la facultad decisiva en la búsqueda de la verdad moral para el cristiano.

Crear nuevos “hábitos del corazón”

He señalado que la ética se comprende hoy como un “estilo de vida”. Ahora bien, son los “hábitos del corazón” los que dan origen a estilos de vida alternativos. Creo en la bondad del corazón de la gente sencilla como fuente de esperanza ética para el futuro de la humanidad. Pienso que el laicado es quien vehicula, de modo especial, los “hábitos del corazón” de la gente sencilla que constituyen el núcleo moral insobornable sobre el que se construye la bondad de las personas y de las sociedades.

Esos hábitos de bondad están expresados, de forma inigualable, en las bienaventuranzas evangélicas (Mt 5, 3-10): la bondad de los “pobres”, de los “afligidos”, de los “desposeídos”, de los que sufren la “injusticia”, de los “misericordiosos”, de los “limpios de corazón”, de los “hacedores de paz”, de los “perseguidos”. No conviene olvidar que la moral cristiana no es otra cosa que el desarrollo y la realización de las bienaventuranzas (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1716-1724).

En otro lugar he concretado los nuevos “hábitos del corazón” en las tres sensibilidades éticas siguientes (Concilium, n. 283 [1999] 131-140):
– la mirada limpia para ver la realidad sin prejuicios ni intereses;
– la empatía compasiva para solidarizarse con los débiles;
– la sencillez de vida para crear unos valores alternativos a la complejidad actual.

Creo que esas sensibilidades constituyen el núcleo básico de la ética del laicado. Son los laicos quienes han de aportar a toda la comunidad cristiana un êthos o estilo de vida nuevo, recuperando las intuiciones evangélicas más genuinas. Jesús, en su praxis y en su mensaje, ofrece un estilo de vida alternativo al vigente, para su época y para la nuestra; Jesús subvierte los códigos vigentes y propone otros alternativos de carácter liberador. Según la reciente hermenéutica de la “antropología cultural”, en el mensaje de los estratos más antiguos de los relatos evangélicos existe la propuesta de un Jesús “contracultural” (de ahí su cercanía con la imagen del filósofo cínico) que contesta los valores predominantes y justificadores de la antropología social del área cultural mediterránea en el siglo I.

Así, pues, la ética del laicado es no sólo una tarea sino ante todo un don para el conjunto de la comunidad cristiana. A todos nos incumbe –y a todos nos beneficiará– el nuevo êthos de los laicos: un estilo de vida alternativo que recupere la frescura evangélica, que aporte la perspectiva secular al discernimiento moral y que propicie la creación de nuevos hábitos del corazón que encaucen la bondad moral del pueblo de Dios. Ésta es la “revelación” que precisamos hoy: “te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque ocultaste estas cosas a los entendidos y se las revelaste a la gente sencilla” (Mt 11, 23).


* Marciano Vidal es profesor del Instituto Superior de Ciencias Morales de Madrid