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Laico
y testigo son dos palabras siempre unidas. Pero, ¿qué tiene
que hacer un testigo actual...? |
¿Secular
y testigo de Dios? ¿Qué es el cristiano sino un testigo de la acción de Dios en nuestro mundo? Y ¿qué es ser testigo, sino una forma de vivir a través de la cual se transparenta, se sacramentaliza el misterio? Pienso que la categoría de testimonio, adecuadamente explicada, define la identidad cristiana. Testigo, portador de Revelación de Dios Estrechamente vinculada a la existencia cristiana, como elemento definitorio, está la condición de testigos. Jesús nos lo dijo a nosotros, sus discípulos: «Seréis mis testigos hasta los confines del mundo» (Hech 1,8). Para ser testigo no se requiere ser un genio religioso, basta ser un creyente, un hombre o una mujer agraciado con la experiencia original de la revelación. La revelación responde a una expectativa muy honda, inscrita en cada uno de nosotros; se puede vivir sin ella, pero cuando se ha conocido resulta indispensable. El testigo siente a Dios como persona y sujeto absoluto; no como rival, sino como aquel que lo constituye, libera y engrandece. Para Jesús Dios es «nuestro Padre» enormemente cercano, misercordioso y atento a cualquiera de nuestras necesidades. Jesús añadió que nuestro Padre Dios «está en los cielos» para que renunciáramos a comprenderlo como una realidad más de las que constituyen la tierra. Pero en Jesús Dios se ha hecho visible y se nos ha entregado. Dios mismo se nos ha manifestado como don, Amor. Dios tiene una inclinación innegable, incomprensible y a menudo desconcertante, a amarnos. ¡Esa es su revelación! El misterio
de nuestro Dios no es algo evidente. Por eso, el testigo no encuentra
fácilmente un lenguaje adecuado para referirse a Él. Dios
no es ni roca ni fuente, ni viento o llama. Dios es el ausente de la página
escrita, de la frase pronunciada y, así, es el añorado,
el aludido, el que se hace notar y desear apasionadamente por su ausencia.
El creyente-testigo está en el umbral. Nunca habla de la presencia
de Dios sin evocar su ausencia desconcertante. Jesús nos hablaba
así del reino, como ya presente y todavía ausente.
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Es
el maximun del ser humano
lo que debemos buscar para descubrir el maximun de Dios |
El Dios revelado por el antiguo testamento y, sobre todo, por Jesús, aun siendo un Dios escondido, se interesa por nosotros, se muestra apasionado por el ser humano, hace alianza con su pueblo, envía a su Hijo. Es un Dios que cuida de sus criaturas, que se interesa por la materia y el espíritu, el individuo y la sociedad. Los relatos de la creación nos revelan a un Dios que dice un sí radical a la bondad de la vida: un Dios maravillado ante su creación, que la bendice hasta tal punto que ni el pecado puede destruirla. El sí de Dios a su creación permanece hoy. La alianza sigue siendo ofrecida. El reino de Dios sigue aconteciendo en el misterio: «No se empieza a descubrir la grandeza de Dios hasta que se comprende que la del hombre no le hace sombra». El Absoluto es amor creador, se encarna, se hace transparente. El testigo le ofrece su corazón sin importarle si sus manos están llenas o vacías y sin inmolar nada para dar gloria a Dios. En la palabra del creyente se escucha otra palabra y en su existencia se presenta otra presencia. El talante del testigo No se es
testigo por voluntarismo, sino por irradiación. Proponerse ser
testigo es ingenuo. Lo importante es vivir una experiencia. De ella nacerá
la exigencia de transmitirla, comunicarla. |
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El
testigo sabe que su palabra es reflejo o eco de otra palabra,
su cauce |
El testigo
es siempre virtual. Ha de esperar el kairós, el momento propicio;
mientras tanto, no debe desvelar su secreto. Su testimonio es discreto
y paciente. Es verdad que quien ha descubierto el sentido de la vida,
su misterio, desea revelarlo a otros. Pero es importantísimo esperar
la hora, como Jesús. Esta no depende sólo del
testigo, sino también de aquel que ha de acoger el testimonio. |
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El
testigo se sorprende
descubriendo una fuerza con la que no contaba |
El testigo sabe que su palabra es reflejo o eco de otra palabra, cauce hacia otra palabra; que si tiembla no es por miedo, sino por el misterio que encierra y que le supera por todas partes. El testigo no se preocupa apenas de su debilidad, de su pecado. Hay en el testimonio un ex opere operato que desborda constantemente al ex opere operantis. Un testigo sabe siempre que su testimonio es parcial, limitado y que forma parte de una nube de testigos (Hb 12,1). El testigo necesita de otros testigos que le comuniquen también sus experiencias religiosas; en ese humus vital se recrea y multiplica el testimonio. El auténtico testigo cristiano descubre el amor de Dios en otras personas muy diferentes de él: «Quien no está contra nosotros está a favor nuestro» (Mc 9,40). El testigo ha de saber el lenguaje y la cultura de aquellos con quienes conecta. No basta el efecto estético. Es necesario el contacto intelectual y ético. Una comunidad de fe sólo atraerá e integrará a aquellos hombres y mujeres que estén en suficiente consonancia cultural y social con ella. El resultado del testimonio no está a nuestro alcance. La cultura actual no apoya ni sirve de soporte al testi-monio. El rechazo del Evangelio en sí no tiene nada de anormal. Es una eventualidad prevista y casi obligada. Lo que resulta turbador es la indiferencia profunda y casi universal. El testimonio
es fuente de una fuerza impresionante. En el ejercicio del testimonio,
el testigo se sorprende comprendiendo lo que antes ignoraba y descubriendo
inesperadamente en sí una fuerza con la que no contaba: más
de uno ha superado de esta forma las dudas que creía tener. La
fe crece al testimoniarla. Es la experiencia de la asistencia del Espíritu.
Esta es la ley de esta paradójica comunicación. La preparación
del testimonio ilumina y afina la percepción. A menudo se tiene
la impresión de encontrarse vacío y sin nada que decir aunque
esta impresión cede poco a poco ante el nacimiento de una palabra
o de un escrito que dan testimonio y que me evangelizan a mí mismo:
«El Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros» |
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| * Extracto de la obra del autor "Teología de las formas de vida cristiana II", Publicaciones Claretianas, Madrid 1999, 542-545 | ||