SUMARIO:
En el corazón del mundo / Juana Sánchez-Grey
Ser laico siendo pareja / Mercedes Lozano
¿Una teología espiritual y laical? / Raúl Berzosa
La alternativa al laicado / Marciano Vidal
¿Secular y Testigo de Dios? / José Cristo Rey García Paredes
¿Misión posible?
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Marcel Légaut es un pensador seglar francés que ha marcado todo el siglo XX (1900-1990) con una contribución clarividente a la inteligencia del pasado y el porvenir del cristianismo. Su intuición central: que el hombre ha de llegar a ser sí mismo en la fe, ofrece un programa para el florecimiento de la conciencia laical. El texto que presentamos, del libro Creer en la Iglesia del futuro*, es una intuición sobre cómo será el cristianismo adulto.

¿Misión Posible?
Marcel Lègaut *


El cristianismo del mañana o está más arraigado que el de ayer en las profundidades de los hombres, o no será. Sólo si cumple esta condición, podrá subsistir y crecer. De otro modo, será arrancado y destruido. Antiguamente, a parte de algunos seres que alcanzaban, gracias a sus propios recursos y a su fidelidad personal, una fe y una vida espiritual auténticas y muy elevadas, en general se era cristiano con demasiada facilidad porque parecía que bastaba con serlo de forma colectiva, de manera ideológica o senti-
mental.

En las condiciones actuales, instruir a los chicos en «su religión», la de su familia, ya no basta para hacer de ellos unos cristianos que viven realmente de la fe. Hay que afirmar, incluso, que la formación religiosa de la juventud será cada vez menos eficaz. No logrará sus objetivos más que en algunos ya abiertos a la vida espiritual, gracias, quizás, a algunos dones que hayan recibido de sus antepasados. El clima del hogar, ni siquiera el del más favorable a esta educación, tampoco es suficiente. Parecerá que esta formación tiene éxito en los muchachos maleables, pero tampoco en ellos llegará a nada que vaya más allá de una práctica exterior y sociológica de poco valor, cuyo resultado estará siempre en precario y a merced de las circunstancias de la vida. Con el resto fracasará, aún antes de haber terminado. El cristianismo ha de emplearse resueltamente en el apostolado y perpetuarse. El cristianismo recibirá de ese medio, recíprocamente, madurez, al arraigarlo en lo humano. Esta acción de su apostolado servirá también al cristianismo de criterio de juicio para sus pretensiones de universalidad.

En adelante, el hombre tendrá que caminar a través de las dificultades, de los peligros y de los sufrimientos que impone la adquisición de la conciencia de lo que es la condición humana, en la edad en que uno, abierto a todos los vientos, empieza a tener una primera experiencia de la vida, para alcanzar –si se le dejan los plazos necesarios y si él tiene posibilidades de aplicar su reflexión a ello– la fe explícita en Dios y la inteligencia de quién es Jesús. Sólo entonces entrará en la Iglesia no para descansar en ella, sino para tomarla a su cargo, pues habrá comprendido que a pesar de su mediocridad tan manifiesta, sigue siendo por ella y con ella, en definitiva y por lo general, como el hombre puede llegar a ser del mejor modo posible, él mismo.

Esta acción espiritual sólo es posible a un creyente si hace de ella su propia misión. Ella le plenificará hasta el fin, del mismo modo que hará fructificar todo lo que hay en él. Sólo progresivamente la descubrirá y lo hará a partir del comportamiento común que encuentra en su ambiente. Siendo fiel a lo que de ahí emerge, en contacto con lo real, será empujado a criticar las formas clásicas de su comportamiento religioso. Las que antes le eran beneficiosas, pero que desde ahora se le han hecho insuficientes hasta el punto de sentirse llamado a superarlas.

Tendrá, si es preciso, que acabar por enmudecer, a medida que se desarrolle espiritualmente. Cuando se lleva recorrido un largo trecho de la vida, uno no ha de extrañarse de encontrarse solo, ni ello ha de ser motivo de reproche para quienes no han seguido el mismo camino o lo han recorrido a un paso distinto.


* Marcel Lègaut, "Creer en la Iglesia del Futuro", Sal Terrae, Santander 1988, 192-194