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¡Palabra del Espíritu!
¡Espíritu de la Palabra!
José Cristo Rey García-Paredes
Hemos sido agraciados con un gran regalo: ¡la Palabra de Dios! Dios ha querido dirigirnos su Palabra y no nos ha arrojado en el país del silencio. A través de su Palabra, Dios nos expresa su intimidad, realiza sus pensamientos e imaginaciones, da cauce a su infinita creatividad: «El lo dijo y existió, lo mandó y surgió» (Sal 33,9). A través de su Palabra nos conduce, nos educa, nos convoca. Sin su Palabra nuestra humanidad sería un caos. Nos ha confiado el ministerio de su Palabra. Por eso, nos ha regalado su Espíritu.
La Palabra de Dios ha ido llegando a nosotros en fragmentos: «muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los profetas» (Heb 1,1); su discurso fragmentado no expresaba, no revelaba todo su querer, toda su intimidad. «En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,2). El Hijo de Dios aparece como Palabra, la Palabra que todo lo dice y todo lo actúa. La Palabra es un ser humano. Nos habla con el lenguaje de una comunidad-humanidad y desde una conciencia humana.
Jesús es la Palabra encarnada. Toda su historia es incarnatio continuata. De ahí su crecimiento: «Y el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría» (Lc 2, 40.53). La Palabra de Dios tiene en Jesús una historia. Jesús inicia un nuevo lenguaje cuando asume una nueva forma de vida y de artesano se convierte en profeta itinerante. La Palabra se hace Evangelio viviente, anuncio de buena noticia para los pobres, palabra eficaz que pasa haciendo el bien y de la que emerge una energía que a todos cura. Los evangelios describen la impresión de novedad que Jesús causaba: «Un nuevo modo de enseñar con autoridad» (Mc 1,27); «nadie ha hablado nunca como este hombre» (Jn 7,46). El prólogo de Juan, refiriéndose a toda la existencia de Jesús, anuncia lo nunca oído: que la Palabra fuera vista como carne. Podemos decir que en Jesús la Palabra cobra progresivamente más personalidad. Unos acogieron la Palabra; otros la rechazaron y quisieron enmude-cerla para siempre. Pero entonces, en la cruz, la palabra se hizo palabra de amor para siempre.
La evangelización prolonga la encarnación de la Palabra. La fuerza creadora y proféitca de la Palabra, actúa en cada evangelizador, en cada acontecimiento de evangelización. Más allá de nuestras personas, más allá de nuestras iniciativas, la Palabra sigue configurando el mundo, haciendo presente el Reino.
La Palabra es tal porque tiene Espíritu. Sin Espíritu no puede ser proferida. Sin Espíritu no tiene objetivo, ni meta. El Espíritu se comunicó en Pentecostés en el símbolo de lenguas como de fuego, es decir, en una especie de lenguaje divino, comunicado a los discípulos evangelizadores, que todos entienden y a todos llega.
Sin espíritu la palabra es letra muerta, sonido inerte. Cuando la Palabra entrega el Espíritu, Jesús, la Palabra, muere. Sin la palabra el espíritu es esbozo, intención inacabada, parto frustrado. Los profetas no solo recibieron una palabra que transmitir, sino un espíritu para mover y crear: por eso, ¡entraban en trance!, ¡quedaban enajenados! La Palabra de Dios es concebida en la tierra por obra del Espíritu (Jn 1,14). También otras palabras menores son concebidas por obra del Espíritu: en la oración, el Espíritu ora con gemidos inenarrables (Rom 8,26ss); la palabra del testimonio procede del Espíritu: «no hablaréis... el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros: Mt 10,20). El Espíritu es el suspiro de Dios, más penetrante que su Palabra; el Espíritu actúa para que las bocas prediquen la Palabra y los corazones se abran a ella y la entiendan y acojan.
Evangeliza quien siente en su corazón dos pasiones: el Espíritu y la Palabra.