Comentario al Evangelio del Domingo 23 de Marzo de 2025

Fecha

23 Mar 2025
Finalizdo!

Cerezo Barredo - Tercer Domingo de Cuaresma - Ciclo CSi no os convertís, todos pereceréis de la misma manera

Queridos hermanos, paz y bien.

Después de escuchar las lecturas de hoy, podemos decir que hay algo común a todas ellas: la misericordia ilimitada de Dios. Se ocupó de su pueblo por medio de patriarcas, primero, y de profetas, después, hasta que envió a su propio Hijo, como señal del máximo amor. También hoy sale a nuestro paso, para infundirnos valor. Y siempre con paciencia, respetando nuestros ritmos.

Paciencia, parece, le faltaba a Moisés. Tuvo que huir de Egipto, porque mató a un “abusón” que maltrataba a un israelita. En su lugar de refugio, defiende a unas jóvenes que querían abrevar sus ganados de otros “abusones”. No podía permanecer impasible ante la injusticia. Incluso en la distancia, seguía recordando a sus hermanos, oprimidos en Egipto. Posiblemente por eso el Señor se le revela, para anunciarle sus planes de liberación.

A través del fuego y de la zarza ardiente, Moisés ve la cercanía de su Dios, un Dios que se preocupa por su pueblo, y que ha oído sus lamentos. Moisés se descalza, porque las sandalias están hechas con la piel de un animal impuro, con ellas no puede entrar en el lugar santo. Descalzo, ya es posible entrar en contacto con Dios. Y de esa manera certifica que está en presencia de una revelación que viene de Dios, no es el fruto de su fantasía. Tiene una misión, y esa misión es divina.

Al revelar su nombre, al implicarse, los israelitas podrán ver que Dios no es un ser ajeno, distante en su paraíso; al revés, se interesa y mucho por lo que sucede aquí, en la tierra, que sufre con los problemas y la opresión de su pueblo, y que se implica para liberarlos. Es un Dios que realiza sus proyectos por medio de ángeles que se dejan modelar por su Palabra, que tienen el corazón lleno de Dios y por eso se atreven a correr riesgos. Con objeciones, con miedos, pero con fe, como Moisés.

Hasta llegar a la tierra prometida, hay un largo camino que recorrer. No hay que descuidarse, ni relajarse. Es el mensaje de Pablo a la comunidad de Corinto, pero también es actual para nosotros. La gracia de Dios no actúa de forma automática, como si fuera magia. Hay que creer en Cristo (nuevo Moisés), haber sido bautizado (paso del Mar Rojo) y alimentado con la Eucaristía (el pan y el vino son el nuevo maná y el agua del desierto). Todo eso es imprescindible, pero, además, hay que llevar una vida coherente con los valores del Evangelio. Si no, podemos perdernos y no entrar en la tierra prometida, como les pasó a los “rebeldes” del Éxodo. Por eso, “el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.”

Muchas veces, como el pueblo de Israel, tenemos la tentación de mirar hacia atrás´, o envidiar cómo viven los no creyentes. Y podemos pensar que lo que abandonamos, lo que hacen los demás, es mejor que lo que nos espera en la tierra prometida.  Puede que nos venza el cansancio y comencemos a dudar de si Dios nos muestra el camino o vamos por el mundo sin rumbo, huérfanos. Esta Cuaresma es un buen momento para pensar sobre esto y, si es necesario, recalibrar el navegador de nuestro corazón. Porque Dios nos espera, y espera mucho de nosotros, para que sigamos sembrando ilusiones y esperanzas, el Evangelio y sus mandamientos allá donde estemos presentes. No podemos quedarnos sentados, conformándonos con ser ramas de un frondoso árbol, a la sombra, sin ser pregoneros de ese Evangelio en el que creemos. Tenemos que ser cristianos en salida, “a tope”, no a medio gas.

Las palabras de Cristo siempre nos ayudan a entender lo que significa vivir como verdaderos cristianos. En el texto de hoy, interpreta dos sucesos de la vida cotidiana con el fin de iluminar a sus oyentes. Y de ambos sucesos, es decir, de un abuso de autoridad – la muerte de unos galileos a manos de Poncio Pilatos – y de un accidente – la caída de una torre en Siloé, que mató a dieciocho personas – interpretando los signos de los tiempos, saca como conclusión una llamada a la conversión. En cuántas ocasiones una enfermedad, un accidente o una catástrofe natural nos hace experimentar la fragilidad de la vida. Perdemos a un amigo o a un familiar cercano, y nos planteamos muchas cosas.

Hay una lectura cristiana de todo esto, que no es ni fatalista ni de rebelión contra Dios. La muerte es un misterio, y no es Dios quien la manda como escarmiento por los pecados, ni “la consiente”, a pesar de su bondad. En el plan divino no había lugar para la muerte, pero se coló por el mal uso de la libertad del hombre. Y, como siempre, Dios sabe sacar de la muerte, vida, y del mal, bien. La muerte de Cristo, a todas luces injustas, toda muerte tiene un sentido misterioso, pero salvador. Y con esa esperanza, nosotros, frágiles, caducos, debemos convertirnos, para que la muerte, cuando llegue, nos encuentre preparados y podamos participar de la muerte y resurrección de Cristo.

Al contrario que Moisés, Jesús nos recuerda que Él es paciente. Así que, si queremos ser como Jesús, tenemos que intentar salvar más y condenar menos. Siendo exigentes con nosotros mismos, para dar fruto. Y siendo pacientes con los demás, ayudándoles para que se encuentren con Jesús. Somos hijos de nuestro tiempo, queremos ver los resultados ya: que todo se arregle en un instante, que el mal sea exterminado instantáneamente… La vida no es así. En la naturaleza todo crece lentamente, madura a su ritmo. Y no siempre se recoge el fruto deseado.

Convendría, pues adoptar una actitud de espera activa y confiada, como la de ese viñador de la parábola. Él supo ver las posibilidades de la higuera y dejó abierta la puerta a la esperanza de una cosecha abundante en el futuro. Trabajando y confiando.

Es un buen momento, entonces, de hacer un balance de nuestra Cuaresma personal y comunitaria. ¿estamos dando frutos? ¿O hay esclavitudes, pecados, problemas que no nos dejan darlos? ¿De qué debo liberarme, para poder volverme al Señor? ¿Cómo va mi paciencia? Esta Cuaresma puede ser el momento de soltar todo lo que no nos deja dar lo mejor de nosotros mismos. Mostremos todo lo bueno que hay en nuestro interior, y tengamos fe en que, con la ayuda de Dios, no hay lucha o tarea que nos resulte imposible. Él va siempre delante, abriendo camino.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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