Comentario al Evangelio del Domingo 30 de Marzo de 2025
Queridos hermanos, paz y bien.

ST. PETERSBURG, RUSSIA – JULY 12, 2016: Visitors admire paintings by Rembrandt, «The Return of the Prodigal Son»
En todo caso, las lecturas de hoy siguen dándonos orientaciones para nuestra vida diaria. Es, además, el cuarto domingo, el domingo “laetare”, “alégrate”. La antífona de entrada del Misal Romano dice: Alégrate, Jerusalén, reuníos todos los que la amáis, regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos. (Cf. Is 66, 10-11). Como en el tercer domingo de Adviento (Gaudete), las lecturas nos invitan a vivir con alegría. A pesar de todo.
Alegría, sin duda, sintieron los peregrinos después de cuarenta años por el desierto, al llegar a la tierra prometida. Después de tan largo peregrinar, son finalmente libres, y están a punto de conseguir la propiedad de una tierra verdaderamente fértil. Se acabó el maná y empieza el tiempo del pastoreo y de la agricultura. Por eso los israelitas celebran nuevamente la Pascua, como hicieron sus padres cuando salieron de Egipto. Dan gracias porque el Señor ha cumplido sus promesas. A pesar de sus infidelidades, de sus dudas, Él los liberó, como había dicho. Esa palabra nos afecta a nosotros también, porque Dios es fiel, siempre cumple sus promesas. Hasta que nos encontremos con Él, tenemos el Pan Eucarístico, que cesará cuando se participemos en la Fiesta y el Banquete eternos.
Es la esperanza de las criaturas nuevas, de las que se han encontrado con Cristo, y se han dejado reconciliar por Dios. Es la llamada del apóstol Pablo. El pecado es una ruptura, un estado de enemistad, una divergencia de opiniones e intenciones entre el hombre y Dios. Esta oposición se ha superado, ha sido restablecida la armonía, no por el arrepentimiento y la buena voluntad humana sino por una intervención gratuita de Dios por la que se ha reconciliado en Cristo con el mundo “sin tener en cuenta los pecados de los hombres”. Ha hecho borrón y cuenta nueva, condonando nuestras deudas. Solo él podía hacerlo, a través de su propio Hijo, Dios y hombre a la vez.
Para que esto suceda, hay que aceptar la reconciliación que Dios siempre ofrece. Pablo nos recuerda que no podemos reconciliarnos con Dios sin escuchar a sus mediaciones, a sus “ángeles”, que transmiten ese mensaje de perdón. No es posible reconciliarse con Dios sin ponerse de acuerdo con su Apóstol, sin aceptar el mensaje que anuncia. La reconciliación con Dios no se logra sólo a través de ritos de purificación y prácticas ascéticas, sino sobre todo por la adhesión a la palabra que se transmite por aquellos que actúan como embajadores de Dios. La Cuaresma es un tiempo privilegiado para esta escucha y es también el momento de la verdad, pues es muy fácil rechazar, incluso de buena fe, a los que, como Pablo, son enviados a anunciar la Palabra del Señor.
En el capítulo precedente del Evangelio Jesús está comiendo con uno de los principales fariseos. Ahora ha cambiado totalmente de compañía: se encuentra entre publicanos y pecadores; es más, parece que ha sido el mismo Jesús quien los ha invitado a su casa. Es un hecho escandaloso que provoca la indignación de los justos, quienes inmediatamente sacan la conclusión: con amigos semejantes, este hombre no puede ser justo, no puede venir de Dios. Para justificar su comportamiento Jesús cuenta la parábola.
Y toda la atención normalmente se centra en el hermano que se fue. Sobre él se pueden formular muchas preguntas. La primera es: ¿se arrepintió? Después de todo, el catalizador no fue el sentimiento de culpa por haber ofendido a su padre, sino el hambre. Y esto es muy humano, sabemos muy bien el poder de nuestra voluntad. Hasta que no llegamos al límite no cambiamos. Es la experiencia de muchos alcohólicos, que solamente al tocar fondo son capaces de reaccionar e intentar cambiar algo en su vida. Sólo cuando el hermano menor empezó a tener mucha hambre, le vino a la mente la idea de regresar. No esperaba recuperar su estatus; no soñaba con restaurar la familia. Todo lo que quería era un trabajo remunerado y dejar de pasar hambre.
Tenía conciencia de haber actuado mal, sabía que su conducta había sido muy dudosa, y al mismo tiempo sentía que tales cosas no se perdonan. Al exigir la herencia, declaró que su padre estaba muerto para él. Sólo después de la muerte del donante se puede heredar. Esta puede ser la imagen de un hombre que era creyente, pero su amistad con Dios era menos valiosa para él que sus propios placeres. Pero satisfacer nuestros deseos egoístas, lo sabemos bien. nos lleva a la bancarrota, y el hijo menor lo demostró.
Incluso ese deseo imperfecto de regresar es apreciado por el Padre. Por eso algunos hablan mejor de la parábola del Padre misericordioso. Al hijo que se fue todo le es devuelto: el anillo, que simboliza el estatus de miembro de pleno derecho de la familia en Roma. Y se le declara vivo. E hijo. Dios no quiere esclavos, quiere amigos, seres libres. No es un señor despótico, es un ser cercano, que no tiene en cuenta lo hecho por el hijo, sino que corre a su encuentro y le abraza y manda vestirle como a un señor, no como a un jornalero. Resulta que no fue el padre quien murió, sino el hijo que estaba muerto por dentro, y el regreso lo revivió.
Es en la segunda parte de la historia donde se encuentra el mensaje principal. En ella entra en escena el hermano mayor que representa claramente a los fariseos, los que respetan a rajatabla los mandamientos y los preceptos de la Ley. Llega la noticia al hermano mayor, que nunca fue a ningún sitio. Y semejante acogida al que se había desviado le causa un profundo dolor. A juzgar por la situación, ambos hermanos abandonaron el hogar: uno se fue lejos y el otro, estando cerca, no se sentía en casa. Es similar a aquellos que están formalmente en la Iglesia, pero no sienten el valor de la conexión con el Padre. Dejó de valorar el amor del padre en el que vivía. Jesús cuenta esta parábola a los escribas y fariseos, diciendo que el arrepentimiento es un proceso interno. Cumplir instrucciones externas es sólo la etapa inicial. La parábola dice que el arrepentimiento es necesario para todos, e incluso el intento de restaurar las relaciones es bien valorado por el Padre.
Necesitamos a la Iglesia que sale al encuentro del menor gesto de búsqueda, del menor intento de cambio, del menor deseo de hogar. Y es que el niño que todos llevamos dentro puede nacer de nuevo, aunque seamos viejos. En nuestra meditación personal de hoy, podemos reflexionar sobre cómo estamos respondiendo a este amor y misericordia de Dios en nuestras vidas. ¿Estamos dispuestos a dejar atrás nuestro pasado y seguir adelante con fe y confianza en Dios? En este tiempo de Cuaresma, podemos experimentar la alegría y la paz que provienen de vivir en comunión con nuestro Padre celestial, “gustad y ved qué bueno es el Señor”. Señor, que no me sienta inclinado a apegarme a otras posesiones que no sean tu amor y tu voluntad. Amen.
Vuestro hermano en la fe,
Alejandro, C.M.F.