Que cada instante de nuestra existencia terrena madure en nosotros la semilla de la fe.

Que cada instante de nuestra existencia terrena madure en nosotros la semilla de la fe.
Señor y Padre mío, ayúdame a comprender la grandeza de lo pequeño.
Señor Jesús, tú que lloraste la ausencia de un amigo, comprendes hoy el dolor de nuestra familia.
María les recordaba el modo de ser de Jesús, sus gestos y palabras.
Señor, el que amas está enfermo, y tú vas a curarlo porque eres el médico y la medicina de Dios. Por eso te damos gracias. Sólo tú posees el secreto de la salud y de la vida.
El pecado, el poder del mal en el mundo nos pone a prueba. No podemos ceder, como no cedió Jesús.
Sería una suerte pasar un rato con María y hacer todas esas preguntas que uno siempre ha tenido en la cabeza y que nunca se ha atrevido a preguntar. Y escuchar las respuestas de sus labios con calma…
Curiosamente, el momento sublime en la vida de Pablo VI, cuando grita a María “Madre de la Iglesia”, acaba en oración. Y en esa oración hace un quiebro que nos sabe muy bien a toda la familia cordimariana.
Si la vocación es confianza y disponibilidad, el Corazón de María es el modelo perfecto de una entrega que es fruto de su fe obediente, de su fiarse totalmente de Dios. Ella perseveró hasta la cruz, con un corazón audaz.
Es hora de Pentecostés, hora de Espíritu. Sé que los apóstoles te circundan, aunque no los vea. ¿No llevas a Jesús? Está en la esperanza: Pronto nos enviará su Espíritu.
Quien se pone cerca del fuego termina calentándose. Quien se pone bajo el fuego del Espíritu calienta a la manera de Dios. María acompaña a la comunidad naciente. En aquella sala de Jerusalén estaban pocos, pero llegaron lejos.