Los que empiezan una relación les asusta la posible monotonía, no se pueden imaginar una vida vinculada y limitada.

Los que empiezan una relación les asusta la posible monotonía, no se pueden imaginar una vida vinculada y limitada.
La aventura del matrimonio puede vivirse como un largo camino en pareja en la que cada paso es diferente y nos descubre un nuevo paisaje hasta llegar a la cumbre.
La relación conyugal es uno de los más fuertes motivos y razones para vivir, llena la vida de energía y de felicidad pero también se puede convertir en un infierno.
Saboreamos la precariedad de la vida. Somos finitos. Nos da miedo no tener bastante tiempo para vivir.
No somos iguales. No somos neutros. Somos sexuados, hombres y mujeres. Diferentes. Gracias a Dios.
La relación conyugal no se logra por arte de magia: no es cuestión de encontrar la otra media naranja.
Nuestra vivencia espiritual personal de solteros evolucionó de forma completa al entrar uno en la vida del otro.
Soñar un mundo reconciliado es patrimonio común de los hombres. ¡Hay que sanar las heridas para que no se engangrenen!
Su situación las excluye de la plena comunión eucarística. Esto es una fuente de sufrimiento para muchos que se sienten rechazados.
Lo hemos oído muchas veces, referido a personas y a situaciones: «no me da confianza». A lo mejor, tendríamos que preguntarnos: ¿pongo confianza?
El encuentro con los demás pasa por el cultivo de uno mismo. A veces, resulta que nos hacemos trampas a nosotros mismos.